SAUL Y AMALEC
 
¿Qué significó Amalec en la vida del pueblo de Israel? Se lo nombra por primera vez en Éxodo 17:8, y se presenta como el primer enemigo con el cual éste se enfrenta a pocos días de su salida de Egipto. 
Amalec es uno de los tantos pueblos que habitaban en el desierto y que decide no permitir el paso de Israel por sus tierras, originando así la primera contienda en el camino a la tierra prometida.  
Es ahí donde Moisés intercede en medio de la batalla y debe ser ayudado por Josué y Aarón, quienes sostienen sus manos mientras el ora a favor del pueblo de Dios. 
También es en esa oportunidad que Jehová proclama a Amalec enemigo suyo y del pueblo de Israel y le da a Moisés la orden terminante de combatirlo hasta exterminarlo, ya que será su adversario por siempre.  
 
Luego de muchos años, y cuando ya Israel tiene su primer rey, Saúl, y éste ya ha afianzado su reinado con sucesivas victorias sobre sus enemigos, recibe de parte de Dios la misma orden:  
Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, e hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, aún los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.” 1º Samuel 15: 2 y 3.) 
 
Saúl obedece a medias y, aunque presenta batalla y la gana, perdona la vida de Agag, rey de Amalec y de alguno de sus súbditos, además de apropiarse del ganado y despojos de guerra. 
Por esa desobediencia, Saúl es rechazado por Dios y Samuel recibe la orden de ungir en su lugar a un desconocido jovencito, David, como futuro rey de Israel. 
Sigue luego una cruenta historia de luchas y esfuerzos de Saúl por eliminar a David, hasta que finalmente, ya apartado del favor de Dios, muere en una batalla contra los filisteos. 
 
Hasta aquí la triste historia del rey Saúl, pero veamos a través de ésta algunos detalles interesantes. 
El libro de 1ºSamuel, en su último capítulo, el cap.31,vers. 1 al 6, nos narra que, en medio de esa, su última batalla, Saúl, es herido de muerte por los flecheros enemigos y pide ayuda a su escudero para terminar con su agonía. Éste no se atreve a cumplir tamaño pedido y el mismo Saúl se hecha sobre su espada para morir. 
 
El 2º libro de Samuel comienza con el relato de la llegada de un joven al campamento de David para darle la noticia de la muerte de Saúl y de sus hijos. Allí le explica que el es amalecita, es decir, integrante del pueblo enemigo que Saúl se negó a exterminar, y que, a pedido del mismo Saúl, lo ultimó, como lo narra el texto del cap.1º, vrs. 8 al 10: " y(Saúl) me preguntó,, ¿quién eres tú? Y yo le respondí: soy amalecita. 
Él me volvió a decir: te ruego que te pongas sobre mí y me mates, porque se ha apoderado de mí la angustia; pues mi vida está aún toda en mí. Yo entonces me puse sobre él y lo maté, porque sabía que no podía vivir después de su caída; y tomé la corona que tenía en su cabeza y la argolla que tenía en su brazo y las he traído aquí a mi Señor." 
 
¿Sería este joven, tal vez, alguno de los que Saúl había perdonado en aquella batalla anterior, desobedeciendo la orden de Dios? Es probable, ya que Amalec había conseguido rehacerse y se presentaba de nuevo como enemigo para Israel.  
Ahora, bien. Como lección: ¿ Qué significa Amalec para nuestras vidas hoy? 
Todos y cada uno de los pueblos idólatras y corrompidos que poblaban Canaán a la llegada de Israel, tuvieron que ser combatidos y eliminados, y son en sí, figura de nuestras luchas diarias con el mundo, la carne y el pecado. La advertencia de Jehová fue clara:" aquellos pueblos que vosotros no elimináreis, os serán por espinas y aguijones en vuestros costados”. Y así sucedió, ya que los pueblos que quedaron fueron constantes enemigos y causa de luchas y combates durante toda la historia de Israel en Canaán. 
 
Dios ha preparado para nosotros, como hijos Suyos, un territorio espiritual que debemos conquistar día tras día, ya que nuestros enemigos carnales están siempre acechándonos para no dejarnos ocupar la posición que el Señor Jesús conquistó para nosotros. Y para nosotros también es la misma advertencia. 
 
Cuando conocemos al Señor y le hacemos centro de nuestra vida, El espera que abandonemos nuestros pecados, vicios y malos hábitos, representados en acciones, palabras y pensamientos que están lejos de Su voluntad. Estos son los “pueblos extraños” que debemos desalojar de nuestra vida, para ir sembrando en nuestro terreno, limpio de malezas, toda la semilla que ha de traer buen fruto. Esto es, hábitos y estilos de conducta que estén de acuerdo con lo que la Palabra de Dios nos enseña.  
 
Pero, ¿qué sucede la mayoría de las veces? Apartamos de nuestra vida los grandes pecados que, por su grosería y peso son demasiado evidentes. Pero de pronto, como Saúl, vemos que hay cosas que nos benefician o nos gustan y que nos duele eliminar. Hábitos que nos acompañan desde hace mucho tiempo, y a los que les hemos permitido hacer un nido dentro nuestro, y los escondemos ahí, pensando  que no son demasiado peligrosos y que los podemos dominar y a la vez disfrutar de ellos. Conductas equivocadas que persisten en nosotros a lo largo de los años, aún sabiendo que son un error y un tropiezo en nuestro andar cristiano.  
 
Por su desobediencia, Saúl perdió, en primer lugar, el reino y luego, ya abandonado de Dios, su vida, pagando sus errores y desobediencias. Pero que triste es leer el relato bíblico y encontrar que quien se encargó de completar su muerte fue un enemigo a quien él en otro momento dejara con vida: un amalecita. 
Tal vez pensó ser más clemente que Dios. Tal vez. Quizás creyó bueno perdonar a algunos amalecitas para convertirlos en siervos o esclavos. Quizás. Tal vez su codicia por las riquezas que despojó en el campo de batalla le hizo desviar la vista de su principal objetivo: borrar al pueblo de Amalec de la faz de la tierra. Tal vez. Pero el resultado fue desastroso para él. Desde ese momento fue un rey sin trono ni autoridad, y finalmente, al momento de su muerte, lo último que vieron sus ojos fue a uno de sus peores enemigos, un amalecita, inclinado sobre él para quitarle la vida, y llevarse, como despojo de guerra, su corona real. 
 
Si Amalec es una figura del mundo, de la carne, de los deseos de la vieja criatura que aún mora en nosotros, cuidado con ella. 
Cuidado, porque si le damos pié para que viva, si la alimentamos y le facilitamos un lugar, ella cortará nuestra comunión y dependencia del Espíritu Santo, arruinará nuestra vida espiritual y nos hará desobedecer a Dios continuamente. 
 
Cuidado con esos pequeños vicios, esos “bebés amalecitas” que acunamos en nuestros brazos con tanto cariño, pensando que podemos controlarlos y hacerlos siervos nuestros. Cuidado. 
Cuidado, porque esos pequeños hábitos o modos de comportarnos que no están de acuerdo con la voluntad de Dios, nos van enredando en una telaraña tan sutil que finalmente pueden anular nuestro crecimiento espiritual y aun hacernos perder nuestra corona de gloria. Saúl pensó que cumpliendo una parte de la orden que Dios le había dado, igual le agradaría, pero esa desobediencia le costó su reino. Cuidado, entonces, porque, igual que al pueblo de Israel:”los que dejáreis de ellos, serán por aguijones a vuestros ojos y por espinas a vuestros costados, y os afligirán en la tierra que vosotros habitaréis.” Números 33:55. 
 
Cristo Jesús, con Su Obra de gracia a favor nuestro, nos ha dejado el poder suficiente para que seamos más que vencedores sobre estos enemigos. Luchemos, entonces, día a día para pisotear nuestra naturaleza llena de deseos carnales y dar así lugar al Espíritu Santo para que trabaje en nosotros haciéndonos crecer en Su conocimiento y en una vida de santidad.    
 
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